Saturday, May 27, 2017

¡Paren las prensas, ni el reggaetón ni el hip hop son negros!


El vínculo entre la música del reggaetón y la cultura negra es básicamente falaz, y lo mismo puede decirse del hip hop; que ciertamente derivan de expresiones musicales negras, pero como productos primeramente comerciales, no culturales. El origen de ambos se establecería en el Pop norteamericano de las décadas del setenta y el ochenta del siglo veinte, y el Reggae de Jamaica; ambos productos eminentemente negros, que en esta identidad expresaban esa cultura en todas sus proyecciones. Sin embargo, una vez ahí el fenómeno se desarrolla como eminentemente socio y no etnológico; aunque con el vicio político que hace coincidir mayormente a la población negra con la marginalidad económica, en una cultura de gueto. A partir de ahí se establecería el vínculo etnológico, que no atiende sin embargo a la porosidad del lumpen como estamento; ya que el margen de la estructura social no es exclusivo sino sólo mayoritariamente negro, dando lugar a la falacia etnológica que lo reduce como expresión cultural.
De lo que no habría dudas, es de ese carácter mayoritario de la raza negra en los márgenes sociales, y que por tanto lo identifica por extensión; pero sólo como clase política, y de ningún modo etnográficamente, ya que de hecho se establece en formas intrínsecamente sincréticas. No obstante, la falacia se agrava por otros desarrollos, como el de la manipulación mercantilista por la industria del consumo; que recreando el imaginario del lumpen marginal, lo unifica en jun segmento de consumo masivo, al que venderle este producto; que lejos de ser etnológicamente definido —y en ello verdaderamente representativo—, en realidad sintetiza bajo la misma etiqueta de negro la totalidad de la cultura marginal. Una vez aquí, lo paradójico es que las élites de la militancia cultural negra asuman esta identidad racialmente reductiva y simplista; demostrando que el objetivo no es la reivindicación que preconizan sino el mantenimiento del estatus de beligerancia, como sostén de su propio estilo de vida.
El problema es que eso sería precisamente lo que reste consistencia a todo esfuerzo de conciliación, deslegitimando la causa; incluso si el fenómeno se da como una perversión espontanea, dadas las otras determinaciones del auge del capitalismo postmoderno; es decir, incluso si esta derivación demagógica no responde a alguna forma de cinismo, si o que es sencillamente inevitable en el conjunto de las contradicciones políticas. Eso se refiere al otro fenómeno, por el que el capitalismo postmoderno es una corrupción del industrial (individualista); en el corporativismo neo feudal, con el que la sociedad postmoderna se contrae en una crisis evolutiva, con el culto al éxito personal. Debido a ello, los estamentos marginales mimetizan el comportamiento cultural de las élites establecidas, como su propio sentido del éxito personal; en una especie de bucle vicioso por el que la economía se expande, pero artificialmente, alimentándose de sí misma, en una dinámica de consumo desenfrenado.
Debido a eso, la manipulación de la industria (corporativa) de la música, alimentaría el consumo del hip hop y el reggaetón; primero como una imagen de identidad generacional, a la que progresivamente se le van remarcando los aspectos etnográficos del origen. No obstante, estas referencias al origen pueden remedarse con la misma imagen de su gestación como una gran metáfora; dada en la relación, ridícula y hasta patética en el reductivismo, de la original Rappers Delight con el Aserejé de un dúo de pop light europeo llamado Las kétchup. De ese modo, es todo el margen político económico el que queda englobado en la así llamada cultura urbana; que en realidad es una reducción de ese estamento a sus prácticas más primarias y violentas, sin siquiera el elemento intelectual de la sublimación en el imaginario colectivo. 
Otra vez aquí resalta entonces la paradoja de esas élites militantes, que lejos de condicionar su participación del conjunto de la cultura tratan de secuestrarla; manteniéndola en esta primariez, a nombre de un supuesto liberalismo anti occidentalista, semejante —es un ejemplo— al barbarismo hipócrita de las culturas árabes. En realidad, si esas élites estuvieran interesadas en la reivindicación de sus culturas, apelarían a los aportes valiosísimos que estas pueden hacer; y que muy distintos del sensualismo folclorista que insiste en bestializarlos, podrían corregir los excesos naturales de la cultura misma. En este sentido, debe reconocerse que la llamada cultura occidental es más bien un estado del desarrollo de toda cultura; que lo que sí es tecnológicamente superior, dando como resultado una organización política más eficiente. Por tanto, se trata de un fenómeno universal, como propio de toda cultura, que simplemente tiene diferentes estadios; pero por lo que tan inmoral es manipular desarrollos más primitivos en beneficio de los más desarrollados, como a la inversa.

Así, en vez de rumba, los negros podrían aprovechar el momentum actual de las ciencias, y corregir el inmanentismo occidental con una suerte de neo trascendentalismo; pero para lo que tendrían que sintetizar sus propias tradiciones, ya codificadas en sus tratados y prácticas mágico religiosas, en conjunción con los últimos hallazgos de la física cuántica. Eso sería más efectivo y conduciría a una reivindicación efectiva, en vez de a la perpetuación del status quo; en que una élite blanca lidera siempre sus esfuerzos, acaparando un sistema financiero basado en la subvención, de la que dejan caer migajas —en la forma de estímulos al ego— a sus protegidos negros.

Tuesday, April 5, 2016

¿Negro, pero tú eres sueco? Carta sobre el hermano Argudín

Ignacio T. Granados Herrera

Normalmente el que sabe sabe algo concreto, porque el conocimiento suele ser un acto concreto y especial; de ahí que tenga un sentido práctico, por el que además ocurre de forma especializada y focal. Eso es lógico, incluso o sobre todo en el sentido económico de los fenómenos naturales; que se organizan en busca de la eficiencia, incluso si se trata de fenómenos cuya naturaleza es cultural; pues al fin y al cabo, artificial o no, la cultura es una naturaleza, la propia de lo humano[1]. Eso explicaría los niveles de especialidad alcanzados por el pensamiento moderno, pero también su ineficacia; ya que ciertamente, esa Modernidad ha sido pródiga en avances científicos, gracias justamente a esos niveles de especialización; pero no puede decirse lo mismo de otros aspectos del pensamiento, como la ontología y la metafísica, que requieren de una mayor sistematicidad en su alcance universal y abstracto.

Eso anterior explicaría la decadencia de pensamiento sistemático, paralela al auge de prácticas más concretas y utilitarias del conocimiento; que sin embargo, y ni tan paradójicamente, repercuten en una mayor incomprensión de la realidad, que tiene sus propias dinámicas. Así, los discursos de vindicación política suelen desconocer que se originan en una base existencial; cierto que en relación con una circunstancia concreta y peculiar, pero siempre humana. De hecho, la característica misma de la peculiaridad de la circunstancia debería empujar a la práctica de conocimiento a una mayor sistematicidad; que redundando en un alcance más universal, comprendiera —esta vez sí que paradójicamente— los casos particulares, como propios de la realidad.

Tan compleja introducción se debe a la necesidad de explicar las sutilezas por las que determinado conocimiento se desvirtúa en una falacia, por lo sofístico; como esos casos en que determinada minoría —en este caso racial— reclama un ajuste de la cultura toda, pero desconociendo esa singularidad que trata de ajustar. Tal es el caso de la contradicción suscitada por un artículo más o menos banal, tergiversado en sus implicaciones raciales; como ese del hermano Argudín, en que se dirige al presidente Obama con el desparpajo e irrespeto habitual a lo cubano, que ya del irrespeto algo folclórico. El artículo de Argudín es ciertamente banal, como otra manipulación retórica de la prensa cubana sobre problemas reales; pero lo que alimentó la controversia no fue esa flagrante manipulación, sino su connotación racial.

Conviene otro paréntesis para imponer la perspectiva, y que no se caiga en el falso universalismo de que hombre es más que negro y más que blanco; que es falaz porque no es posible abstraer al hombre y que siga siendo real, por lo que siempre es concretamente negro o blanco o mestizo, que es la forma de ser humano. La frase en cuestión Argudín se burlaba de las afirmaciones del presidente Obama con un ¿Negro, pero tú eres sueco?; y la misma se originaría en una historia, probablemente un mito urbano, en que a un ciudadano sueco de piel negra se le cuestionó su nacionalidad, justo por el color de la piel. Ciertamente, aquí no se trata de si el racismo cubano es más o menos virulento que el norteamericano; la frase es irrespetuosa, pero porque reduce al individuo a aspectos simplistas y obvios, genéricos; y porque lo hace además en el desparpajo habitual de la promiscuidad y la prepotencia típicas de la cultura cubana. La simple mención del ser humano por su color de piel no es racista, aunque sí sea racial y aunque como referencia se use sólo para designar minorías políticas; porque su uso no es despectivo en el coloquialismo, pues esa connotación viene dada por el contexto y no por el vocablo en sí.

La frase original no es entonces racialmente despectiva, ni siquiera porque reconozca al sujeto por su vínculo racial; lo que desgraciadamente parece una diferencia demasiado sutil, tanto que pasa desapercibida a una élite que en su intelectualismo debería estar familiarizada con la sutileza. La reacción, más bien vitriólica, pareciera entonces fundada en los complejos raciales antes que en la discriminación grosera; y obvia además el hecho de que el pobre Argudín al que humilla es negro sin recurso al mestizaje, sin siquiera el refinamiento intelectualizado de quienes lo critican. No es que no existan motivos para el complejo, que incluso lo hagan recurrente hasta el punto de requerir cuidado en el uso del lenguaje; pero entonces habrá que hablar de inseguridad, consistencia y madurez, no del secuestro de toda una cultura en una culpabilidad tan difusa.

Más ofensivo resulta el hecho de que al presidente Obama se le ninguneara de esa forma el gesto, que es parte del desparpajo y el simplismo cubano; sobre todo sabiendo que se trata de otra manipulación burda del discurso ajeno, sin siquiera mucho esfuerzo —puede que por ingenuidad— para disimularlo. No hay dudas de que la contradicción política provee una experiencia trascendente, más valiosa aún si siendo indirecta no corre mayores peligros; sólo que eso mismo es un análisis superficial y también reductivo, resultando en una experiencia trascendente sólo en apariencia. El objeto político en este caso no puede haber residido en una connotación inexistente como esa del racismo de Argudín; habría estado en la otra del irrespeto a la individualidad del criterio y en el desparpajo —que en Cuba es peligroso por relacionarse con el voluntarismo— así como en la manipulación retórica.

Comprar en Kindle
Protestar la rutina de un trapecista es baladí, pero si se forma parte de la misma troupe es patético; porque en realidad se esquiva al dueño del circo, con el que el trapecista buscaba congraciarse, pero con el que se congracia ahora el otro en su verticalismo. Para comprender eso habría hecho falta un hábito más sistemático de las prácticas de conocimiento; incluso su aplicación no práctica sino desinteresada y esteticista, y en ello entonces objetiva. La peculiaridad de que Argudín sea negro hace más espeso y complicado el asunto, sumando peso a la carga de su propia condición; porque se obvia que por su condición racial ya debe haber pagado tres veces el precio de una posición por lo demás sobrevalorada, como cualquiera relacionada con el ámbito de la cultura.

El hecho mismo de que esta crítica probablemente ni siquiera sea comprendida se debe a ese mismo problema; que es el reductivismo de la racionalización excesiva, por el que las élites de tan especializadas pierden el contacto con la realidad, y con ello la eficacia intelectual. Es una deficiencia entonces, determinada en el modernismo como el accidente ontológico que la origina; las connotaciones morales de semejante fenómeno son otro problema distinto, no menos sutil por cierto pero sí más devastador. El error del hermano Argudín sin dudas fue pensar que podría hacer lo que siempre han hecho los blancos sin que siquiera se escuchara —salvo tan honrosas como desconocidas excepciones— un respingo de sus hermanos negros; ante lo que entre desolado y divertido —luego de atravesar la espesa teoría del conocimiento— habría que cuestionarlo con un guiño, ¿negro, pero tú eres sueco?

Tragicómico es que quien comenzara a leer este artículo seguro fue convencido por el título de que era otra crítica al hermano Argudín; y que si llegó al final, lo más probable es la otra convención de que lo declare incomprensible, a pesar de que su propia desazón lo desmienta. Como coda, vale ponderar los problemas de toda discusión con cubanos, lo mismo asentados en Cuba que con relaciones fuertes con el país; a los que habría que aplicar la primera parte de la navaja de Ockan, en el sentido de que el criterio debe responder a igualdad de condiciones. Ciertamente, cualquier discusión con cubanos se resiente por la credibilidad de una de las partes; que debe cuidar su discurso y hasta tejer su propia red de intereses justo para sobrevivir, en un sistema aún signado por la coerción política y hasta ideológica en sus instituciones.



[1] . En una explicación más densa, la cultura es la naturaleza específicamente humana en el sentido en que el Marxismo entiende la realidad histórica; esto es, ya transformada por la acción del ser humano, y se refiere por tanto a la diferencia entre la realidad en cuanto tal y la realidad en cuanto humana. *// Cf: Para una introducción al Neo Marxismo (Kindle ed.)

Wednesday, January 27, 2016

Hijos de Makota Valdina

Por Ignacio T. Granados Herrera

Una de las frases más felices en las luchas por la reivindicación racial, es la del negro que afirma no descender de esclavos sino de personas que fueron esclavizadas; es una frase de Makota Valdina, una figura que atraviesa con su ambigüedad el interés académico por la singularidad de la cultura negra con el activismo social y las luchas por la reivindicación social. Hay que recalcar el elemento de la ambigüedad, que remarca a su vez el carácter retórico de la frase, expuesta como pensamiento social; con elaboraciones que tratan de desmarcar a las personas como individuos de la circunstancia como su propia determinación social. En realidad la frase es retórica por principio, ya que una persona esclavizada es un esclavo, y negar eso es negar su realidad; lo que demuestra de hecho (ya no sólo por principio) una condición de inmadurez, que sería lo que impida esa comprensión de la realidad, y eliminando con ello toda posibilidad de corrección efectiva de la misma. Es, que es tan obvio, demostraría otro mar de fondo, que sería por el que no se puede corregir el problema original; y sería la manipulación del problema racial, por parte de unas élites académicas normalmente lideradas por blancos, que viven de explotar el problema negro con esta manipulación de figuras suyas.

El caso se Makota Valdina es típico, pero sobre todo esquiva que justo el gran aporte negro a Occidente sería el de esta experiencia existencial suya; a la que primero habrían llegado por sí mismos, en la imprudencia con que desarrollaron un mercado que simplemente los sobrepasó en la demanda creada, terminando victimizarlos. Además de ello, sólo la tremenda humillación y depauperación de su raza pudo ofrecer esta experiencia, como justa lección sobre la justicia; sin que además pueda culparse a nadie más que al desarrollo mismo del mercado, que sólo se liberalizó cuando fue económica y tecnológicamente factible. Figuras como la de Makota Valdina son desgraciadamente posibles, por el grave componente ideológico de los debates políticos; que oscurecen la racionalidad de los argumentos con un emocionalismo compulsivo y moralmente supremacista, pero reconocible por la vaciedad retórica; que aporta a su vez esa experiencia trascendente de participación tan propia de los grandes discursos morales, que no ofrecen nada en la práctica. 

Eso después de todo no es grave, si toda forma de liderazgo político es sospechosa hasta por principio; el problema es la perpetuación perversa que hace de la situación original, estancada en el ego de los falsos líderes, usados como nuevos contra mayorales para manejar la dotación. Esto viene a propósito de la protesta de actores negros contra la segregación virtual en Hollywood, como sede de la industria fílmica más poderosa y convencional; en contraste con la pica en Flandes puesta por el filme The birth of a nation con el Sundance Film Festival, que se ha mostrado su mejor contradicción. De hecho, en este contraste resalta el carácter no alternativo del Sundance, que tiene un perfil propio y lejos del corporativismo típico de Hollywood; resultando en una recuperación más efectiva de la industria, compulsada a la corrupción por las prácticas mercantilistas del corporativismo postmoderno. No es gratuito que estas figuras negras sean también las que insistan en atenerse a los patrones de belleza tradicionales, aunque los critiquen por su racismo implícito; cuando ya debería ser obvio que los patrones estéticos en general son impuestos por la élite de poder, que es lo que es ilegítimo como acto de prepotencia política.

Leer nota en post original
Es ahí donde se resaltaría esta falta de madurez y por ende de efectividad política, en un sector marginado que insiste en integrar el sistema que lo margina; en vez de optar por una vida propia y al margen, que le permita su crecimiento singular, a partir sin dudas de su propia experiencia singular. Esa es sin dudas una referencia al principio del éxodo o la hégira, de las teorías neo-marxistas para explicar la formación de estructuras singulares; que en esta singularidad suya exceden la capacidad de la estructura misma de la que provienen como un fenómeno de masa crítica, que así debe segregarse en una formación original. Respecto a ese mismo caso de la producción convencional, lo que es escandaloso es que sea tan poco representativa de la estratificación social de la realidad; porque es sólo a partir de esta representatividad que puede establecerse un parámetro de relevancia, que es en definitiva en lo que consiste un premio, como privilegio antes que derecho.

Al final entonces, no se trataría de que el deseo o la necesidad de reivindicación racial y política no sean legítimas; tampoco de que la misma no sea posible, sino que para ser posible requiere de una madurez y suficiencia propia, dada en la consistencia de sus propios postulados. En ese sentido, cualquier propuesta que dependa del juego retórico debería ser cuestionable por principio, revelando esta inconsistencia suya; más aún cuando esta inconsistencia se puede demostrar en la inmediatez del beneficio que se busca, y que así revelaría a su vez su determinación absoluta en el ego personal; no importa las emociones a las que apele, ya que el emocionalismo en el discurso es precisamente la manipulación a la que acude; como bien sabrá cualquier hijo de esclavos, mirando con compasiva suficiencia esa obstinación de la vieja clase que se empeña en perpetuar su error.


Friday, January 22, 2016

Para una ontología del cimarronaje

Por Ignacio T. Granados Herrera

Una de las formas más patéticas y tristes de servidumbre, sería la del que se venda como rebelde para valorizarse como doméstico; lo que se deberá sin dudas a la profunda contradicción que revela, y que afectaría a la persona concreta de que se trate, no a la imperturbable realidad. La servidumbre en sí no sería lamentable, más allá de las metáforas y elaboraciones éticas obre el servicio y la modestia; se trataría de una condición fatal, a la que incluso puede acudir el individuo voluntariamente para redimir deudas, sin que eso le reste ni en fatalismo ni en dignidad. No obstante, eso implica cierta madurez, para aceptar con pragmatismo la realidad como una circunstancia eventualmente desfavorable; que es por lo que no afecta a la dignidad de la persona, en tanto esta posea esa madurez para comprender y aceptar su realidad. Esa aceptación aún admitirá la rebeldía, cuando la servidumbre no sea voluntaria sino forzosa; pero siempre pasa por una comprensión madura de la realidad propia, y una actuación entonces consistente, cualquiera que sea la decisión al respecto.

Sin embargo, otra cosa muy distinta es cuando a lo que se aspira es a la promoción dentro del sistema mismo; que es lógica cuando la servidumbre es voluntaria, pero no cuando lo que se hace es justo rebelarse ante esa condición. De esta inconsecuencia podría culparse al traumatismo de la experiencia, cuando esa servidumbre es involuntaria; sólo que con la salvedad de que en un estadio de madurez no habría problemas de origen, sino más exactamente de madurez. Esa obviedad es lo que podría aplicarse a los negros, que protestan su marginalidad en el espacio que les conceden los blancos; porque ya en esa concesión primera reflejarían la propia sumisión, en que a lo que aspiran es al rango intermedio del mayorazgo; o peor aún,  del contra mayorazgo que les permita exhibir esa autoridad concedida por el dueño reconocido sobre otros negros. El cimarronaje, como contraste con la servidumbre, es una condición contradictoria, pero sobre todo tiene alcance ontológico; no es circunstancial y condicionada, a pesar aún de ser reactiva, en tanto es una reacción al estado anterior de servidumbre.

El cimarronaje es una condición ontológica porque se desarrolla como una naturaleza, al margen del sistema que ata al individuo a la servidumbre; y por ello es un paradigma que no se establece como alternativa, y que es lo que hace de la falsa rebeldía una condición real de servidumbre; ya que las alternativas se dirigen a la reproducción del mismo sistema que excluye a la persona originalmente, abriéndolo para la misma; pero esto sólo en la medida en que esta persona haga esas concesiones originales sobre su propia dignidad, accediendo a la servidumbre en su inconsistencia. Sirva pues esto como reflexión a esos falsos cimarrones que enarbolan sus discursos desde el espacio que les conceden los blancos, ignorando incluso la humillación de otros negros en su inconsistencia; porque por engañar no se engañan ni a sí mismos, en esa dependencia de la misericordia de los amos que en secreto los desprecia; y que los desnuda ante la suficiencia de quien vive su marginalidad, voluntaria o no, pero con la dignidad de su propia constitución ontológica. 

Thursday, January 21, 2016

Simparelé, o el amor de los blancos

Por Ignacio T. Granados Herrera

En una entrevista sobre Humberto Solás, su fotógrafo y compañero explicó la frustración del cineasta obligado al realismo banal del socialismo; de ahí cierta sequía, de la que podría haber salido con una propuesta del ICAIC, un documental sobre la cantante haitiana Marta Jean Claude. Sin embargo la propuesta no fue revitalizante, sino que por alguna razón el cineasta la consideró humillante; y a esa rara circunstancia se debe un documental como Simparelé, una epopeya sobre la cultura haitiana que esquiva su pica en Flandes que fue Marta Jean Claude. ¿Por qué Solás se sintió humillado por una propuesta así, hasta el punto de desviar la propuesta hacia una apología abstracta de lo negro?; es decir, ¿por qué rehusaría entrar a la vida de una persona negra en concreto, pero no así la abstracción de la negritud?

Son estas las ambigüedades que hacen sospechosa la atención de los blancos, en un contexto cultural dan dado a la doblez como el cubano; en el que los negros tienen papeles pre asignados, a los que deben atenerse so pena de caer en el más siniestro ostracismo, y no precisamente como una política de estado sino como una práctica popular. Es triste, pero es cierto que en la extensa y excelente filmografía de Solás no hay una sola vindicación de lo negro en sus figuras concretas; pudiera alegarse su magnífico documental acerca de Wilfredo Lam, en el que sin embargo lo negro se difumina por las referencias esteticistas al África; pero igual esto no es un testimonio crítico sobre Solás, sino una tipificación del comportamiento de la cultura cubana, que se exacerba además en el exilio; por la independencia que adquiere criterio frente a la absolutividad nacional, que se vuelve impotente más allá de sus fronteras.

En todo caso, sí revela esta recurrencia que vela de sospecha todo acercamiento de personas blancas sobre fenómenos negros; normalmente en una actitud protectora, que no hará sino reproducir aquella potestad caritativa de los buenos amos sobre sus vasallos naturales. Sólo así puede comprenderse esta naturalidad con que los blancos lideran los proyectos de y sobre negros, reclamándolos en base a su solidaridad; cuando esta solidaridad en realidad se revierte en créditos y dinero efectivo que les resuelve su estilo de vida, y no alguna preocupación real de los negros.

Sunday, January 17, 2016

De la corrección política

Por Ignacio T. Granados Herrera

La noticia no es nueva, pero el debate que suscita es complejo, su recurrencia también refleja un mal de fondo; se trata del intento por corregir problemas estructurales de la cultura, como la violencia con que se relacionan sus diversos estamentos. En concreto, la noticia se refiere a la decisión de un museo de Ámsterdam de cambiar los nombres de las obras que no se atuvieran a un lenguaje políticamente correcto; mucho antes, en los Estados Unidos, un esfuerzo por eliminar la palabra nigguer de un clásico de la literatura juvenil provocó un gran escándalo. Nada de eso ocurre en el vacío, forma parte de una cultura que se realiza atravesando innúmeras contradicciones en su propio ajuste para conseguir una estructura más o menos equilibrada; lo que quiere decir que si las distorsiones ocurren por excesos inevitables a la praxis histórica su corrección no será menos excesiva, provocando los mismos desequilibrios, aunque en sentido inverso.

Esto no debe llamar a engaño, la injusticia es intolerable una vez que se es consciente  de ella y debe ser corregida; pero también debe tenerse en cuenta que en dicha corrección también se cometerán excesos, que deberán ser corregidos a su vez, siquiera por el mismo principio de justicia. Primero valdría la pena aclarar un par de puntos respecto a la justicia, que es un valor relativo en sus connotaciones legales; pero cuya naturaleza legal proviene de una consistencia propia, como parámetro formal referido al equilibrio con que se relacionan funcionalmente los elementos estructurales de la cultura. De ahí que la justicia no sea un principio abstracto y sujeto a la mejor o peor interpretación que se le dé según un contexto; sino que a pesar de este carácter subjetivo tendría también un valor propio, aunque este sea convencional e intuido más que claro y distinguible. El error al respecto provendría del marco epistemológico idealista en que se resolvió la ética occidental, como un conjunto de derechos más o menos inalienables; obviar esta complejidad con el reduccionismo de una práctica populista de la cultura, daría lugar a las perversiones interpretativas del problema.

La raíz entonces estaría en el concepto de derecho, que es inconsistente, pues el derecho ha de ser emanado de una base convencional; que en ello mismo será inconsistente, prestándose a esa relativización excesiva por el entorno cultural en cada caso concreto. En cambio, una visión realista no se atiene a un concepto de derecho que es siempre cuestionable, sino a la constitución misma de la realidad; que lo mismo en cuanto humana (cultura) que en cuanto tal, depende de unas condiciones dadas que la determinarían como su resolución. En ese sentido, la violencia cultural es comprensible hasta como principio, en tanto la fuerza centrípeta que organiza a la estructura; dada la funcionalidad con que se relacionan sus distintos elementos, dada a su vez por el sent6ido económico de la estructura misma.

De ahí que a medida que la estructura se desarrolla tienda a distender esta relación de sus distintos elementos, que pasarían a relacionarse por la convención del derecho; pero este como emanado de la estructura misma en su convencionalidad, y comprensible como la posibilidad de los individuos para realizarse en ella. De ese modo, los problemas originados en la violencia de principio con que se organizó la estructura no serían redimible; pero se partiría de que habrían sido inevitables, como el proceso lógico por el que atravesó dicha estructura en su desarrollo. Después de todo, y como ejemplo, sólo la conciencia sobre la injusticia permite su corrección, pero sin que eso logre eliminarla de inicio; ya que es esta existencia suya la que supone esta conciencia sobre la misma, que lo que sí se revertiría sobre ella, condicionándola hasta su desaparición eventual.

En ese contexto, convenciones como la de discriminación positiva y del lenguaje políticamente correcto serían efectivas; pero sólo relativamente, como un esfuerzo que poco a poco influenciaría esas relaciones funcionales en que se organiza la estructura como un fenómeno político. Otra cosa muy distinta es pretender una reivindicación total, que es imposible porque tendría que revertirse como una corrección sobre el origen mismo del problema; que habiendo ocurrido en el pasado, no sólo es permanente como memoria del conjunto mismo de la estructura, sino incluso como determinación formal de su presente. Esto último no se refiere sólo a la mayor o menor injusticia de las relaciones actuales sino también a la conciencia de la misma, y por ende a su corrección; que en cualquier caso ocurrirá sobre las relaciones actuales y no las pasadas, ya que es físicamente imposible —hasta ahora— esa reversión del tiempo. Igual, el problema ético que suscita no deja de ser complejo, y aludiría no sólo a la fuente misma de la injusticia, cualquiera que esta sea; apela también a la madurez, tanto política como histórica, de sus víctimas tradicionales y su anhelo de reivindicación.

Como principio podría aplicársele una máxima de la psicología, que reza que a una edad madura ya no existirían conflictos de infancia sino de madurez; es decir, que una vez maduro, el ser humano ha de ser suficiente y resolver de modo suficiente sus propios problemas, no importa si se originaron en su infancia. En ese sentido, estaría bien que la estructura social ayude al esfuerzo de integración, con esas convenciones legales; que desde la discriminación positiva al lenguaje políticamente correcto tratan de disminuir la desventaja relativa de las víctimas tradicionales de la violencia estructural. No obstante, ese pasado es parte del perfil dramático de esas víctimas, que siempre son individuos concretos; y que en ello deberán actuar con madurez y suficiencia, superando por sí mismos la dificultad tradicionalmente impuesta por el medio.

Libros en Kindle
No se trata de negar los esfuerzos de reivindicación, sino que estos no pueden afectar al pasado sino sólo al presente; desde el que se proyectarán sobre el futuro, según el desarrollo lineal del tiempo como dimensión histórica de la realidad; pero que por lo mismo no tiene manera de revertirse sobre el pasado, como una redeterminación de la forma en que se organizó la estructura en sus inicios. Los esfuerzos en este sentido por su parte, sólo reflejarían la inmadurez de dichos estamentos como de sus individuos concretos; ya que parte de una irracionalidad como la de pretender cambiar el pasado, no sólo como si fuera posible, sino como si también tuviera alguna utilidad. Después de todo, y en el caso de los negros —por ejemplo—, dicha irracionalidad sólo indicaría una vergüenza sobre su pasado original; que es en lo que reflejaría inmadurez; y al menos en principio el mismo ejemplo sería aplicable a todas las minorías, que son además relativas pues sólo lo son respecto al ejercicio efectivo del poder. 

Friday, January 8, 2016

Something straig: El recurso del método

Por Ignacio T. Granados Herrera

Los movimientos radicales y militantes son importantes, porque son la fuerza de choque de las minorías; pero por lo mismo no son los que se sientan en las mesas en que se negocian los espacios de participación; aún si de hecho son los que consiguen sentar en esas negociaciones a las mayorías relativas al que se enfrentan, porque la cuestión ahí es de funciones. En ese sentido, lo que lleva a personas concretas a radicalizarse en una militancia activa es precisamente la inseguridad personal ante el poder convencional; pues siendo marginado por el mismo, su militancia consiste en exigir una cuota de participación que lo integre en el sistema. En ese mismo sentido entonces, las personas concretas sin un problema de inseguridad personal respecto a ese poder convencional no se radicalizan en una militancia; teniendo entonces un espacio para la comprensión, que le permite negociar de modo efectivo con ese poder convencional, una vez que ha sido obligado por la militancia radical a acceder a dicha negociación.

Vale aclarar que es absurdo esperar que un poder cualquiera se siente a negociar de modo espontaneo, sin la presión del radicalismo militante; ya que como poder es fuente de seguridad él mismo, llegando a la determinación total del sistema, que pone en función suya. De ahí, proporcionalmente, la inseguridad de las personas concretas marginales respecto a ese poder convencional; que por tanto lo presionan con su militancia radical, para obligarlo a una negociación en que ceda espacios de integración. No obstante, y como contradicción incluso de principios, esa misma militancia radical impide los procesos de intelectualización que permiten una negociación efectiva; y eso como un principio tan riguroso, que permitiría detectar el falso radicalismo de una militancia dada a la manipulación del discurso, al pretender su intelectualización. Dicha contradicción se debería a que el poder intelectual es por sobre todo relativista, reconociendo las causas y determinaciones de todo fenómeno; que es la comprensión por la que puede negociar de modo efectivo con las élites del poder convencional, incluso si son funcionalmente opresivas.

Eso no quiere decir que la diferencia sea evidente en todo caso, que es por lo que la manipulación consigue desviar de continuo los esfuerzos de ajuste político; en un proceso paralelo de corrupción de la oposición militante, que pretende extraer beneficios particulares de cualquier proceso de negociación. Este proceso de corrupción paralela también puede ocurrir de modo inconsciente, ya que el poder intelectual se ha trivializado como una cuestión de status; por el cual las personas concretas pueden compensar su propia inseguridad respecto al poder convencional, comparándose con el mismo. Eso, que es un fenómeno comprensible, tiene sin embargo el mismo efecto deslegitimador de la negociación como proceso político; en cualquier caso, debería bastar la suficiencia y la seguridad personal para establecer una negociación efectiva con ese poder… que en definitivamente se pretende en toda su convencionalidad. Vale esta aclaración última, porque en definitiva el problema de toda la estructura social es la convencionalidad del poder; de modo que cualquier pretensión respecto al mismo es ya ilegítima, corrompiendo toda posibilidad de realización personal con ese espejismo del poder.